Crónica de un avechucho caído…

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FREDO MERCURY, “Tan tarde, siempre roso…”

Me despierto a las 8:00. Siendo domingo por la mañana, me cuesta un trabajo descomunal despegarme de la cama. Además, me voy dando cuenta de que ‒como suelo decir‒ “no puedo postergar lo impostergable”. Me refiero a que, a estas alturas, no tengo ni la más pendeja idea de por dónde abordar mi “trabajo de investigación” ‒si se le puede llamar así‒. Eso sí, como buen #mexicanochilangotodoalúltimo (chingón mi hashtag) parto de una de nuestras premisas básicas del día a día: “¡No hay pedo! ¡Ahí vamos viendo sobre la marcha qué sale!” Así que me echo un baño, me peino, desayuno, tomo mi morralito y vá-mo-nos ri-kys a la excursión dominical.La ruta a seguir es sencilla. Me echo mis diez minutos caminando a la estación de metro que queda más cerca de mi casa, recorrido que me ha cagado desde que lo inauguré, no por hueva, sino por no poder ahorrarme tiempo. Camino y sigo pensando “¿2 de octubre? Pues… “ Sonará muy pinche fácil, pero, ¿de qué carajos voy a hablar en el trabajo?” Inmediatamente después me digo: “¡A huevo. Vámonos a Tlatelolco!” Llego a la estación Lomas Estrella. Estando ahí, fijo mi ruta: tengo que ir hasta Zapata, transbordar a la otra línea y terminar en la estación Tlatelolco.

El trayecto en el metro transcurre normal. Siempre salgo acompañado de un libro para hacer más ameno y ágil el traslado. En esta ocasión fue el turno de M/T y la historia de las maravillas del bosque, de Kenzaburo Oé. Lo menos que me inmiscuya en los alrededores del vagón, mejor. Por supuesto que el ambulantaje nunca te permitirá sustraerte con tu lectura… Entonces aplicas la de “la pestañita”, y en ese caso sólo dependes de tu suerte para encontrar un asiento, y más chingón si es el que está junto a la ventana. Pero, ¡oh, ingenuo de mí! ¡Claro! ¡Eso no pasa! Desde que abordo el primer tren, éste ya viene plagado de gente como si fuera viernes al medio día. Y aquí acudo a otra de mis frases típicas: “¡Guárdense en sus casas, ñeros! Diosito les manda mucho futbol los domingos. ¿No les basta?”. Ni pedo, me chingo y me toca irme bien erguidito sorteando los roces corporales típicos del ”¿me das permiso?” y el “¿bajas en la que sigue?, ¿no?, tons dame chance”.

Llego a las 10:40 a la estación Tlatelolco. A partir de ahí, el trayecto me lo tengo bien memorizado. ¡Bueno, tampoco es que uno tenga que ser muy chingón para saber cómo llegar del metro a la Plaza de las Tres Culturas! Camino sobre Manuel González. ¿Será por la hora, o acaso es que esta avenida sólo se ve con un poco de vida las veces que hay convenciones de manga y cómic en el Centro de Convenciones? Pues sí, yo pertenezco al gremio para quienes Tlatelolco, además de cultura, muerte y devastación, también nos refiere a “sácate el cosplay que vamos a gatearle a la TNT”. Doy vuelta sobre Lázaro Cárdenas y ya estoy a unos pasos de arribar a mi destino.

¡Y ahora sí! Ya no hay vuelta atrás. Llego a la explanada. Frente a mí, el emblemático edificio Chihuahua. Detrás, la zona arqueológica. A mi derecha, la iglesia de Santiago. Decido empezar mi recorrido entrando a la iglesia, nada más como un mero incentivo para carburar ideas. Ya dentro, se nota una clara distinción entre turistas, devotos de los alrededores y changuitos de secundaria conteniendo sus chillidos, diciéndose entre ellos “¡Shh, cállense!”, “¿Ya ves? Ya hiciste enojar a la ñora”, “Saca el esmarfon y tómale una foto a esa madre”. Pues yo tampoco me quiero quedar atrás, así que saco mi aipod y tomo unas cuantas fotitos. La única diferencia entre ellos y yo es que yo no tengo que entregarlo como tarea al día siguiente.

Siempre me ha causado una ligera curiosidad el arte sacro, de modo que el paseíto por el recinto me entretiene un poco. Pero me doy cuenta de que sigo haciéndole al pendejo, y sólo dejo correr el tiempo sin lograr concretar alguna idea. En fin, me aviento un recorrido rapidito mirando de cerca estatuillas de santos, pinturas e inspecciono con miedo infantil y morbo la réplica del cuerpo inerte de Sebastián de Aparicio. Cuanto más lo observo, más imagino que en realidad está con vida y que mi respiración se sincroniza con la de su descanso. Puedo jurar que por un segundo vi cómo su pecho subía y bajaba al entrar y salir el aire. Comienza a sonar una musiquilla de órgano: es el aviso para la siguiente misa, y mi alarma para largarme de allí. Voy acercándome a la puerta norte mientras observo cómo un chavo se aproxima a los escalones del altar y se coloca justo en el centro apoyando una rodilla en el suelo. Pienso: “¡Ah, no mames! ¿A poco sí muy devoto?” De pronto, ¡pinche flashazo deslumbrador! Atrae la atención de un humilde franciscano que hacía labores de limpieza. El muchacho tenía antojo de llevarse con su cámara fotográfica un recuerdo del tallado en madera del Santiago Mataindios, como lo conocían los cuates. No contengo la risa, pero antes de hacerla eco salgo del lugar.

Recuerdo que, siendo niño, en una ocasión estuve en uno de los edificios de este complejo habitacional. El motivo, una aburrida reunión familiar de fin de semana. Yo, que contaba once años en aquel entonces, lo único que podía pensar era “Pinche madre, ¡ni mi familia son…!” Y, claro, siendo el lugar que es, era casi inevitable para las visitas arrastrar la plática a los temas “2 de octubre no se olvida” o “Terremoto del 85”. Los pobres anfitriones respondían pendejadas del estilo “¡Ay sí, los temblores aquí se sienten horrible…!”, o “¡Uy, no, mi suegro ‒que en paz descanse‒ le tocó escuchar los disparos y los gritos…!” Después de esa reunión jamás volví a poner un pie sobre estos rumbos. Aún así, siempre he sentido cierta atracción por el lugar. Siento como si sus edificios me trataran de decir algo que no logro descifrar, o que ya lo han hecho, pero es un mensaje que ha quedado codificado en mi subconsciente. Arquitectura de ajustados edificios ‒grandes, chicos, medianos‒, con una formación entre ellos relajada. Ahí es donde radica su simetría. De nuevo me topo de frente con el edificio Chihuahua, gris rígido en la fachada, hostil con los fuereños, tolerante con los que residen en su entorno, como si la lluvia de aquel octubre hubiera lavado su verdadero colorido, convirtiéndolo en un eterno encabezado de periódico con tintes negros y grises para que, efectivamente, el 2 de octubre jamás se pudiera olvidar.

“Pues hoy es cuando”, pienso. Decido darme un roll por los jardines entre los edificios, arrastrado por la morbosa idea de ver a toda esta gente como piezas de un museo viviente. Saco de nuevo mi aipod de su funda-calcetín y tomo unas fotos de la explanada. Mientras estoy bajando las escaleras para cruzar al otro lado del Chihuahua me encuentro con otro grupo de changuitos de secu precedidos por un guía de la zona. “Miren, no es que yo quiera hacer grilla ni nada, pero una cosa sí deben de tener bien en mente: no debemos acostumbrarnos a que un tanque pase tan cerca de nosotros”, les dice a los morros. “Eso es imposición de la fuerza”. “Imagínense ‒así, donde estamos parados ahorita‒ la tarde de ese día. Imagínense escuchando hablar a los chavos desde el balcón del edificio y, mientras eso pasa, atrás de ustedes, sobre Eje Central, sin darse cuenta comienzan a llegar tanquetas y soldados marchando hacia acá…”. Mi gran capacidad de simulación mental hace que se me ponga la piel de gallina, pero sigo escuchando. “Y, de pronto, una bengala en el cielo (obviamente que los estudiantes no sabían qué era) da la señal para empezar el tiroteo. ¿Qué haces? ¡Pues lo primero que piensas es correr para el otro lado! Todos comenzaron a correr hacia Avenida Reforma, pero no contaban con que del otro lado de este edificio ya también los estaban esperando los militares…”. ¡Ay, wey! De pronto como que ya no se me antojó tanto el paseíto por los jardines. Trago saliva. “Antes que los del mitin llegaran, el ejército se les había adelantado, y sin que nadie se diera cuenta, habían colocado francotiradores en los techos”.

Este guía está por concluir su recorrido, no sin antes llevar a los chamacos al monumento erigido en memoria de los caídos en la plaza. Comienzo a leer nombres que, por sí solos, evidentemente no me significan nada. Pero hay algo en esta placa que me desasosiega. Busco las edades de cada uno de ellos: chavos de veinte años, dieciocho, incluso menores que eso. Recuerdo lo que días antes un amigo me decía: “No mames, hay un chingo de morritos en las marchas, como de diecisiete o dieciséis, que son anarquistas”. En ese momento pensé: “¡Pobrecitos! ¿En verdad tendrán los cimientos bien firmes en su consciencia para saber qué lucha siguen, o sólo se dejan ir como potros desbocados?” Pero, en fin, no sé qué diferencia habrá entre estos y los de cuarenta y cinco años atrás. Sólo siento, de momento, que la moneda se vuelve lanzar al aire… ¿Cara, o de nuevo CRUZ .

Me separo del grupito para dar mi roll por los edificios, ahora con la intención de entrevistar a algún morador de la zona, a ver si le puedo sacar una historia interesante sobre el seis-ocho. Y, ¡oh, sorpresa! Veo sentado en una banca a un anciano, y sin ningún escrúpulo me le lanzo intuyendo que por su edad puede obsequiarme un relato chingón. Lo único que recibo es un “No… este… no, pus no, la verdad. ¡Pero ahí andan los muchachos que son como guías de turistas! ¡Pregúntales a ellos!” No me queda más que emprender la retirada con mi rostro de alma inocente (eufemismo de cara-de-pendejo) y seguir con lo mío. Siento un poco de incomodidad al respecto. Pienso que han de estar hasta la madre de toparse con gente como yo que los ve como piezas de museo. ¡Pero si los raros somos nosotros, los fuereños, visitando la Plaza de las Tres Culturas como si fuera “la gran sensación”, cuando para ellos es un pinche paseo pedorro en domingo, con patines y bicicleta!

He llegado a los límites del complejo, lo que yo conozco como “la parte culera de Avenida Reforma”, y ahí no me queda más que contemplar la inmensidad de las torres Veracruz y Zacatecas. Según las miro, sólo puedo pensar “qué puto miedo vivir allá arriba”. Pues no hallo más que hacer aquí, y me dirijo a la exposición “Memorial del 68”. A mi alrededor veo muchos escuincles en grupitos, cuaderno en mano. Adivino que compartimos el mismo destino. Claro que yo tomaré mi propia ruta: ¡ni loco voy a hacerle de borrego! Decido meterme por un andador techado. Un letrero indica que es el camino de regreso a la plaza.

A unos cuantos metros frente a mí aparece un señor solitario. Parece a la espera de no-sé-qué-chingados. Me detengo por un momento para observarlo como una oportunidad más de sacar una buena historia… No, ¡hueva! Descarto inmediatamente la idea. Al pasar junto a él, a unos pocos centímetros de distancia entre ambos, escucho un sonido hueco, como si un cascarón de huevo hubiera impactado en el suelo. Ambos dirigimos la mirada al punto origen del ruido. Para nuestra sorpresa, nos damos cuenta de que lo que se había estrellado en el suelo no era un cascarón de huevo, sino el producto mismo de éste. Me acerco para ver a detalle lo que desde mi perspectiva es una pequeña mole indefinida sobre el suelo, y así logro ver una cría de ave en agonía. Desde que tengo memoria, siempre que veo a estas criaturitas en el suelo, las veo recubiertas de hormigas y en descomposición. Por primera vez atesoraré maquiavélicamente el último soplo de vida del avechucho. Mientras estoy en cuclillas, como niño explorando el microcosmos del lodazal, la figura de un adulto se aproxima para socorrer al moribundo avechucho. Lo recoge del suelo para depositarlo en la jardinera próxima. “Constantemente se caen de sus nidos”, le comento al hombre. “Lo tiró aquella ave”, tiene a bien responderme, señalando hacia arriba. No sé bajo qué pruebas deduce que el crimen lo cometió un zanate postrado en la copa del árbol, pero la imagen ha sido como una pedrada en mi consciencia. “¡VAYA ALEGORÍA DEL SUCESO!”, pienso. Al avechucho, que ha sido abatido por un ave negra fornida que podía volar más alto que él, se le ha lanzado la moneda y en su primera tirada le tocó la CRUZ, sin derecho a réplica. Secundado por soldados españoles, Santiago que porta la cruz, monta sobre su caballo quebrantando a los indios. Una cruz carmesí en el cielo despierta de entre una hermandad unida al Batallón Olimpia, que arremete contra ajenos, tatuando así el carmesí en aquellas calles y en la historia. La moneda gira y gira, la suerte se decide hasta que toque el suelo: cae en cruz. Aterriza con tal fuerza que hace que la tierra se cimbre, destruyendo viviendas, desmoronando edificios, sepultando gente bajo los escombros.

¿Y si esto es una especie de impulso intrínseco del lugar? ¿Y si constantemente se está al borde de la muerte, pero la mayoría de los eventos son tan diminutos y fugaces que rara vez se puede datar su proceso, tal como pasó con la cría? Lástima, criatura, tu muerte no pasará a la historia por no haber sucedido en parvada y simultáneamente. Pero para mí, has hecho una interesante oda al seis-ocho. Después de cavilar tanta incongruencia mientras camino, despejo mi mente, contemplo un momento el paisaje urbano y aprieto el paso para llegar a la exposición “Memorial del 68”. Sigo sin saber cómo abordar el tema.

Me despierto a las 8:00. Siendo domingo por la mañana, me cuesta un trabajo descomunal despegarme de la cama. Además, me voy dando cuenta de que ‒como suelo decir‒ “no puedo postergar lo impostergable”. Me refiero a que, a estas alturas, no tengo ni la más pendeja idea de por dónde abordar mi “trabajo de investigación” ‒si se le puede llamar así‒. Eso sí, como buen #mexicanochilangotodoalúltimo (chingón mi hashtag) parto de una de nuestras premisas básicas del día a día: “¡No hay pedo! ¡Ahí vamos viendo sobre la marcha qué sale!” Así que me echo un baño, me peino, desayuno, tomo mi morralito y vá-mo-nos ri-kys a la excursión dominical.

La ruta a seguir es sencilla. Me echo mis diez minutos caminando a la estación de metro que queda más cerca de mi casa, recorrido que me ha cagado desde que lo inauguré, no por hueva, sino por no poder ahorrarme tiempo. Camino y sigo pensando “¿2 de octubre? Pues… “ Sonará muy pinche fácil, pero, ¿de qué carajos voy a hablar en el trabajo?” Inmediatamente después me digo: “¡A huevo. Vámonos a Tlatelolco!” Llego a la estación Lomas Estrella. Estando ahí, fijo mi ruta: tengo que ir hasta Zapata, transbordar a la otra línea y terminar en la estación Tlatelolco.

El trayecto en el metro transcurre normal. Siempre salgo acompañado de un libro para hacer más ameno y ágil el traslado. En esta ocasión fue el turno de M/T y la historia de las maravillas del bosque, de Kenzaburo Oé. Lo menos que me inmiscuya en los alrededores del vagón, mejor. Por supuesto que el ambulantaje nunca te permitirá sustraerte con tu lectura… Entonces aplicas la de “la pestañita”, y en ese caso sólo dependes de tu suerte para encontrar un asiento, y más chingón si es el que está junto a la ventana. Pero, ¡oh, ingenuo de mí! ¡Claro! ¡Eso no pasa! Desde que abordo el primer tren, éste ya viene plagado de gente como si fuera viernes al medio día. Y aquí acudo a otra de mis frases típicas: “¡Guárdense en sus casas, ñeros! Diosito les manda mucho futbol los domingos. ¿No les basta?”. Ni pedo, me chingo y me toca irme bien erguidito sorteando los roces corporales típicos del ¿me das permiso?” y el “¿bajas en la que sigue?, ¿no?, tons dame chance”.

Llego a las 10:40 a la estación Tlatelolco. A partir de ahí, el trayecto me lo tengo bien memorizado. ¡Bueno, tampoco es que uno tenga que ser muy chingón para saber cómo llegar del metro a la Plaza de las Tres Culturas! Camino sobre Manuel González. ¿Será por la hora, o acaso es que esta avenida sólo se ve con un poco de vida las veces que hay convenciones de manga y cómic en el Centro de Convenciones? Pues sí, yo pertenezco al gremio para quienes Tlatelolco, además de cultura, muerte y devastación, también nos refiere a “sácate el cosplay que vamos a gatearle a la TNT”. Doy vuelta sobre Lázaro Cárdenas y ya estoy a unos pasos de arribar a mi destino.

¡Y ahora sí! Ya no hay vuelta atrás. Llego a la explanada. Frente a mí, el emblemático edificio Chihuahua. Detrás, la zona arqueológica. A mi derecha, la iglesia de Santiago. Decido empezar mi recorrido entrando a la iglesia, nada más como un mero incentivo para carburar ideas. Ya dentro, se nota una clara distinción entre turistas, devotos de los alrededores y changuitos de secundaria conteniendo sus chillidos, diciéndose entre ellos “¡Shh, cállense!”, “¿Ya ves? Ya hiciste enojar a la ñora”, “Saca el esmarfon y tómale una foto a esa madre”. Pues yo tampoco me quiero quedar atrás, así que saco mi aipod y tomo unas cuantas fotitos. La única diferencia entre ellos y yo es que yo no tengo que entregarlo como tarea al día siguiente.

Siempre me ha causado una ligera curiosidad el arte sacro, de modo que el paseíto por el recinto me entretiene un poco. Pero me doy cuenta de que sigo haciéndole al pendejo, y sólo dejo correr el tiempo sin lograr concretar alguna idea. En fin, me aviento un recorrido rapidito mirando de cerca estatuillas de santos, pinturas e inspecciono con miedo infantil y morbo la réplica del cuerpo inerte de Sebastián de Aparicio. Cuanto más lo observo, más imagino que en realidad está con vida y que mi respiración se sincroniza con la de su descanso. Puedo jurar que por un segundo vi cómo su pecho subía y bajaba al entrar y salir el aire. Comienza a sonar una musiquilla de órgano: es el aviso para la siguiente misa, y mi alarma para largarme de allí. Voy acercándome a la puerta norte mientras observo cómo un chavo se aproxima a los escalones del altar y se coloca justo en el centro apoyando una rodilla en el suelo. Pienso: “¡Ah, no mames! ¿A poco sí muy devoto?” De pronto, ¡pinche flashazo deslumbrador! Atrae la atención de un humilde franciscano que hacía labores de limpieza. El muchacho tenía antojo de llevarse con su cámara fotográfica un recuerdo del tallado en madera del Santiago Mataindios, como lo conocían los cuates. No contengo la risa, pero antes de hacerla eco salgo del lugar.

Recuerdo que, siendo niño, en una ocasión estuve en uno de los edificios de este complejo habitacional. El motivo, una aburrida reunión familiar de fin de semana. Yo, que contaba once años en aquel entonces, lo único que podía pensar era “Pinche madre, ¡ni mi familia son…!” Y, claro, siendo el lugar que es, era casi inevitable para las visitas arrastrar la plática a los temas “2 de octubre no se olvida” o “Terremoto del 85”. Los pobres anfitriones respondían pendejadas del estilo “¡Ay sí, los temblores aquí se sienten horrible…!”, o “¡Uy, no, mi suegro ‒que en paz descanse‒ le tocó escuchar los disparos y los gritos…!” Después de esa reunión jamás volví a poner un pie sobre estos rumbos. Aún así, siempre he sentido cierta atracción por el lugar. Siento como si sus edificios me trataran de decir algo que no logro descifrar, o que ya lo han hecho, pero es un mensaje que ha quedado codificado en mi subconsciente. Arquitectura de ajustados edificios ‒grandes, chicos, medianos‒, con una formación entre ellos relajada. Ahí es donde radica su simetría. De nuevo me topo de frente con el edificio Chihuahua, gris rígido en la fachada, hostil con los fuereños, tolerante con los que residen en su entorno, como si la lluvia de aquel octubre hubiera lavado su verdadero colorido, convirtiéndolo en un eterno encabezado de periódico con tintes negros y grises para que, efectivamente, el 2 de octubre jamás se pudiera olvidar.

“Pues hoy es cuando”, pienso. Decido darme un roll por los jardines entre los edificios, arrastrado por la morbosa idea de ver a toda esta gente como piezas de un museo viviente. Saco de nuevo mi aipod de su funda-calcetín y tomo unas fotos de la explanada. Mientras estoy bajando las escaleras para cruzar al otro lado del Chihuahua me encuentro con otro grupo de changuitos de secu precedidos por un guía de la zona. “Miren, no es que yo quiera hacer grilla ni nada, pero una cosa sí deben de tener bien en mente: no debemos acostumbrarnos a que un tanque pase tan cerca de nosotros”, les dice a los morros. “Eso es imposición de la fuerza”. “Imagínense ‒así, donde estamos parados ahorita‒ la tarde de ese día. Imagínense escuchando hablar a los chavos desde el balcón del edificio y, mientras eso pasa, atrás de ustedes, sobre Eje Central, sin darse cuenta comienzan a llegar tanquetas y soldados marchando hacia acá…”. Mi gran capacidad de simulación mental hace que se me ponga la piel de gallina, pero sigo escuchando. “Y, de pronto, una bengala en el cielo (obviamente que los estudiantes no sabían qué era) da la señal para empezar el tiroteo. ¿Qué haces? ¡Pues lo primero que piensas es correr para el otro lado! Todos comenzaron a correr hacia Avenida Reforma, pero no contaban con que del otro lado de este edificio ya también los estaban esperando los militares…”. ¡Ay, wey! De pronto como que ya no se me antojó tanto el paseíto por los jardines. Trago saliva. “Antes que los del mitin llegaran, el ejército se les había adelantado, y sin que nadie se diera cuenta, habían colocado francotiradores en los techos”.

Este guía está por concluir su recorrido, no sin antes llevar a los chamacos al monumento erigido en memoria de los caídos en la plaza. Comienzo a leer nombres que, por sí solos, evidentemente no me significan nada. Pero hay algo en esta placa que me desasosiega. Busco las edades de cada uno de ellos: chavos de veinte años, dieciocho, incluso menores que eso. Recuerdo lo que días antes un amigo me decía: “No mames, hay un chingo de morritos en las marchas, como de diecisiete o dieciséis, que son anarquistas”. En ese momento pensé: “¡Pobrecitos! ¿En verdad tendrán los cimientos bien firmes en su consciencia para saber qué lucha siguen, o sólo se dejan ir como potros desbocados?” Pero, en fin, no sé qué diferencia habrá entre estos y los de cuarenta y cinco años atrás. Sólo siento, de momento, que la moneda se vuelve lanzar al aire… ¿Cara, o de nuevo CRUZ .

Me separo del grupito para dar mi roll por los edificios, ahora con la intención de entrevistar a algún morador de la zona, a ver si le puedo sacar una historia interesante sobre el seis-ocho. Y, ¡oh, sorpresa! Veo sentado en una banca a un anciano, y sin ningún escrúpulo me le lanzo intuyendo que por su edad puede obsequiarme un relato chingón. Lo único que recibo es un “No… este… no, pus no, la verdad. ¡Pero ahí andan los muchachos que son como guías de turistas! ¡Pregúntales a ellos!” No me queda más que emprender la retirada con mi rostro de alma inocente (eufemismo de cara-de-pendejo) y seguir con lo mío. Siento un poco de incomodidad al respecto. Pienso que han de estar hasta la madre de toparse con gente como yo que los ve como piezas de museo. ¡Pero si los raros somos nosotros, los fuereños, visitando la Plaza de las Tres Culturas como si fuera “la gran sensación”, cuando para ellos es un pinche paseo pedorro en domingo, con patines y bicicleta!

He llegado a los límites del complejo, lo que yo conozco como “la parte culera de Avenida Reforma”, y ahí no me queda más que contemplar la inmensidad de las torres Veracruz y Zacatecas. Según las miro, sólo puedo pensar “qué puto miedo vivir allá arriba”. Pues no hallo más que hacer aquí, y me dirijo a la exposición “Memorial del 68”. A mi alrededor veo muchos escuincles en grupitos, cuaderno en mano. Adivino que compartimos el mismo destino. Claro que yo tomaré mi propia ruta: ¡ni loco voy a hacerle de borrego! Decido meterme por un andador techado. Un letrero indica que es el camino de regreso a la plaza.

A unos cuantos metros frente a mí aparece un señor solitario. Parece a la espera de no-sé-qué-chingados. Me detengo por un momento para observarlo como una oportunidad más de sacar una buena historia… No, ¡hueva! Descarto inmediatamente la idea. Al pasar junto a él, a unos pocos centímetros de distancia entre ambos, escucho un sonido hueco, como si un cascarón de huevo hubiera impactado en el suelo. Ambos dirigimos la mirada al punto origen del ruido. Para nuestra sorpresa, nos damos cuenta de que lo que se había estrellado en el suelo no era un cascarón de huevo, sino el producto mismo de éste. Me acerco para ver a detalle lo que desde mi perspectiva es una pequeña mole indefinida sobre el suelo, y así logro ver una cría de ave en agonía. Desde que tengo memoria, siempre que veo a estas criaturitas en el suelo, las veo recubiertas de hormigas y en descomposición. Por primera vez atesoraré maquiavélicamente el último soplo de vida del avechucho. Mientras estoy en cuclillas, como niño explorando el microcosmos del lodazal, la figura de un adulto se aproxima para socorrer al moribundo avechucho. Lo recoge del suelo para depositarlo en la jardinera próxima. “Constantemente se caen de sus nidos”, le comento al hombre. “Lo tiró aquella ave”, tiene a bien responderme, señalando hacia arriba. No sé bajo qué pruebas deduce que el crimen lo cometió un zanate postrado en la copa del árbol, pero la imagen ha sido como una pedrada en mi consciencia. “¡VAYA ALEGORÍA DEL SUCESO!”, pienso. Al avechucho, que ha sido abatido por un ave negra fornida que podía volar más alto que él, se le ha lanzado la moneda y en su primera tirada le tocó la CRUZ, sin derecho a réplica. Secundado por soldados españoles, Santiago que porta la cruz, monta sobre su caballo quebrantando a los indios. Una cruz carmesí en el cielo despierta de entre una hermandad unida al Batallón Olimpia, que arremete contra ajenos, tatuando así el carmesí en aquellas calles y en la historia. La moneda gira y gira, la suerte se decide hasta que toque el suelo: cae en cruz. Aterriza con tal fuerza que hace que la tierra se cimbre, destruyendo viviendas, desmoronando edificios, sepultando gente bajo los escombros.

¿Y si esto es una especie de impulso intrínseco del lugar? ¿Y si constantemente se está al borde de la muerte, pero la mayoría de los eventos son tan diminutos y fugaces que rara vez se puede datar su proceso, tal como pasó con la cría? Lástima, criatura, tu muerte no pasará a la historia por no haber sucedido en parvada y simultáneamente. Pero para mí, has hecho una interesante oda al seis-ocho. Después de cavilar tanta incongruencia mientras camino, despejo mi mente, contemplo un momento el paisaje urbano y aprieto el paso para llegar a la exposición “Memorial del 68”. Sigo sin saber cómo abordar el tema.

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