No quererte ni tantito (de marcha en la marcha)

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LA GITANA, “Es más lento que la expansión del Universo”

BEN 11 (GÓLEM), “Flor de capomo…”

Cuando uno pretende hacer periodismo a lo gonzo, lo mejor es no tomártelo en serio. Pero cuando tu nota eres tú mismo, ¿cómo no tomarte en serio? La nota de Aretes de Tacón sobre el Dos de Octubre nos muestra cómo no quererte ni tantito.Hay eventos que son siempre noticia, y en realidad es muy difícil evitar hacer un reportaje de ellos. Hay que estar enfermo para hacerlo, y por eso tuve que enfermar. Aprendí a ser un pésimo periodista y a convertir cualquier pretexto en una fiesta. Nunca me han gustado las marchas: es terrible tener que ir al ritmo lento de una masa de manifestantes, así que debía prepararme bien para poder aguantar tamaño calvario. Cuando eres tan holgazán y pretendes entrar al mundo de las manifestaciones públicas debes escoger tus armas: hay que causar un poco de daño cerebral.

Todo empezó mal. No teníamos nada con que grabar, ni el dinero para comprar una cámara. Pero dios siempre provée. Lo siguiente era alterar mi percepción y conciencia para empezar a reportar, pero eso nunca ha sido un problema. Junto con mi compañero camarógrafo, El Niño, sólo tuvimos que meternos a una vecindad. Nos armamos de valor para marchar. Lo juro: no hay nada como un poco de éxtasis para darse valor, o al menos para divertirse un rato. Mi experiencia revolucionaria se iba convirtiendo en un rave.

El Niño del Pijama de Rayas y yo llegamos al punto de partida de la marcha, La Plaza de las Tres Culturas, con excesiva puntualidad. Eran las 14:30, y parecía que iba a ser una pérdida de tiempo. El calor era sofocante y el ambiente extremadamente aburrido como para esperar a estar intoxicado. La tacha ya estaba en mi organismo, pero iba a tardar al menos 30 minutos más en hacer efecto. Por un momento pensé portarme con seriedad. Con un extenso mercado de recuerditos revolucionarios tenía material de sobra para una nota de Milenio, pero como no pertenezco al cerco mediático opté por pasar de largo.

Más de las 4 de la tarde dieron antes de que el contingente saliera, pero no importaba. Me encontraba ocupado intentando concentrarme mientras caminaban hormigas por mi piel y el piso se volvía gelatina. Después de este punto todo se volvía un sinsentido. Empezaba a sentir una enorme empatía por los marchistas, y sus consignas arcaicas y monótonas retumbaban dentro de mí ¡Lo digo literalmente! Ya no podía enfocar mi juicio. Quería más de todo aquello.

Ya nos habíamos convertido en extraños, en verdaderos outsiders, en una verdadera molestia. Ni una entrevista pudimos realizar. Nuestra imagen era de un patetismo que atentaba contra lo que se pretendía conmemorar. Intentamos unirnos al contingente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y lo logramos por dos minutos, antes de decidir que era momento de una nueva dosis de valor.Para las 5 de la tarde llegamos al Palacio de Bellas Artes, y creímos que nos habíamos logrado camuflajear. En realidad habíamos dejado de preocuparnos por la incomodidad de algunos asistentes.

Y, de un momento a otro, ya tenía la quijada trabada. Me vi de repente bailando lo que parecía ser rock urbano. Por fin había abandonado toda pretensión de reportar la marcha: el centro era yo, y aunque había logrado sacar unas palabras para la cámara, ya sólo era un soliloquio en toda la expresión de la palabra, uno que, además, era encantador por lo irrisorio. El piso se movía, y me pareció sensato hacer una pausa para beber una cerveza y analizar lo ocurrido hasta aquel momento.

El análisis nunca llegó. En su lugar, apareció una enorme laguna mental, porque había pasado una hora y nos encontrábamos en la línea de batalla entre anarquistas y granaderos. Una brillante idea de esas que se le ocurren a la humanidad cada cien años pasó por nuestras cabezas, y nos dirigimos hacia el lugar en que estaban lanzando gas lacrimógeno. “Nada malo nos puede pasar allí”. Aun así, el gas lacrimógeno no hizo que bajaran los efectos. Los ojos ardían a su puta madre, pero en aquellos momentos de confusión uno siempre encuentra buenos samaritanos: alguien nos ayudó a limpiar nuestras caras.

La cosa se ponía densa, pero a pesar del peligro seguíamos allí por pura inercia. Toda aquella violencia se transformaba ante nuestra mirada en un morboso espectáculo. Al menos yo estaba siendo perversamente feliz. Pero aquel show, o bien fue rápido, o el resto de los manifestantes se sumó a las escenas perdidas. Eran las 6 de la tarde, y no alcanzaba a vislumbrar el fin de la faena, si bien tampoco podía ver mucho en aquel estado.

Nos encontramos al contingente de la Facultad de Ciencias de la UNAM y a nuestra amiga Isabel. Los compañeros escucharon nuestras incoherencias, poniendo especial atención a las mías. Supimos que estaban más preocupados por unos compañeros desaparecidos del contingente.

Llegaba a mí la paranoia. No podía ver el fin que tendría todo aquello, y empezaba a sentirme observado. Pero que no pudiera ver su fin no significa que no estuviera por llegar. Entonces me di cuenta de que tenía un pendiente, que se convirtió en obsesión: entrevistar a un anarquista. Estaba buscando una paliza sin darme cuenta. Pero, ¿acaso no me estaba sintiendo observado antes? Y todo por un pretencioso concepto periodístico. ¡Claro que valía la pena! Y lo valía porque innovar es bueno. Pero sólo podía, al hacerlo, dejar en ridículo a Aretes de Tacón. Es una suerte que no me paguen por hacer esto

No puedes dejar de sentir ansiedad cuando estás ensimismado. Dejé de insistir en la idea de la entrevista: lo que quería era seguir la fiesta sin pensar mucho en lo que podía significar para el reportaje: perderlo, convertirlo en un daño cerebral permanente Eran las 19:30 y por fin empezaba a oscurecer.

Aunque tenía fuerzas para seguir, en el fondo ya me sentía cansado. No había llegado a una conclusión, y hacía horas que ya era una caricatura de mí mismo. Empecé la jornada sin el más mínimo respeto por mí, o por mi integridad física, pero empezaba a sentirme avergonzado. En realidad, no tenía forzosamente que llegar a una conclusión, pero aquel exceso de violencia hacia mí debía obtener un sentido. ¡Vaya, no soy tan gonzo! En aquel momento tenía una determinación definitiva, pero aún seguía disperso en la gloria de un estado alterado de conciencia, ya en franca decadencia. Habían dado las 8 de la noche. Era hora de partir.

Nos volvimos a encontrar con gente de la Facultad de Ciencias, y reapareció nuestra amiga Isabel. Por unanimidad decidimos ir por unos pulques, no sin antes grabar una pequeña escena en busca de fiesta y, claro, dar una conclusión. La única conclusión era que había malgastado mi tiempo asistiendo a semejante patraña, a un espectáculo de autocomplacencia pseudorevolucionaria, como se puede ver en el video. Pero no tenía que ir a la marcha y entrar en aquel estado para darme cuenta. Llegamos a los pulques unos veinte minutos después.

Mientras tomábamos, Isabel, El Niño y yo, mi anterior fuerza se desvanecía a mayor velocidad. No podía esperar a llegar a casa para escribir. Tenía entonces la ansiedad del relator, del cronista, pero mi anterior conclusión me satisfacía cada vez menos a medida que pasaba el tiempo. Antes de volver al hogar, me vi forzado a escenificar un último y breve espectáculo para mis amigos: un poquito más de incoherencia no hace daño.

Ahora, mientras escribo este relato, pienso que, si la anterior conclusión era bazofia, era porque me rehusaba a armarme de un nuevo conocimiento sobre mi capacidad de autodestrucción. Claro que, obviando el diálogo entre sordos, esa debía ser la conclusión. No sólo era autocomplacencia. Efectivamente, fui a la marcha como un extranjero. En los breves momentos en que me apropié del provisional sentimiento de ira de la concurrencia, no me encontré frente a un grupo de feligreses que compartían el mismo credo. La posibilidad de mutar en un emisario del patetismo no hablaba de una confrontación política entre posturas claras, aunque ingenuas. La ingenuidad estribaba en que nadie que asistiera tenía un lugar. Era un falso acontecimiento. Debieron habernos corrido. Cada quien estaba en su pedo. Nunca apareció lo político. Lo único que me diferencia es que yo me lo pasé muy bien.

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