My own Festival Capital

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FREDO MERCURY, “Tan tarde, siempre roso”

Las 8 de la mañana, 12 de octubre del 2013. El cielo despejado impregna la ciudad con aire cosmopolita. Un gran suceso hará converger hoy a una horda de posmodernos que, con su asistencia, dignificará a los de su especie dándole otro tinte a la generación “Equis, wey: somos chavos”. Hablo del Festival Capital.

A esta hora, la vecina del departamento 11 ha despertado. Lo sé porque ha encendido su estéreo a todo volumen, valiéndole verga que a muchos otros aún nos parezca de madrugada. Se cepilla sus dientecitos y enjuaga bien su boquita para quitarse el sabor a vodka vomitado de ayer; se mete a bañar y usa suficiente champú para quitarse el olor a cigarro de su cabellito. En su reproductor suena “Oblivion”, de Grimes, y mientras me la imagino deshaciéndose el chongo de su cabello, despojándose de sus prendas íntimas mientras tienta la temperatura del agua, vuelvo a conciliar el sueño con una erección. Como ella, hay muchos más. Vale madres la cruda, si siguen pedos o si la tachita no les ha dejado en paz en seis horas: nomás se hacen un crepé en el cabello para que esté a tono con su rush, y listos para la aventura. Yo, mientras, decido que para mí el mundo comenzará dos horas más tarde. Lo único que hago a las 08:00 a.m. es girar la almohada hacia el lado frío y pachoncito para seguir durmiendo chido. Además, ¿qué le pasa a la pendeja? ¡Si esa madre es hasta las 14:00!

Son las 10:15 y estoy en la comodidad de mi cama con una taza de té chai con leche y la lap sobre las piernas, según yo con la mente despejada para poder escribir a gusto mi siguiente entrega para Aretes de Tacón. De buenas a primeras, no se me ocurre nada. Saco mi aipod para enterarme de las nuevas del mundo, claro, desde las redes sociales. ¿Y qué chingados pensaba yo encontrarme ahí que no fuera relacionado con el Capital? Sólo faltaba que hasta los encabezados de la página de Proceso también hablaran de eso. En Facebook, posteos de la banda diciendo: “¿listos chicos para rockear reteharto? Ilse ***”; “Mitsui*** compartió una foto de Instagram (boletos del Festival) ¡por fin! Ahora sí, a usarlos”; hasta una pinche página dando consejos de cómo estar a la moda en el Festival. En Twitter, el top de hashtags: #FestivalCapital2013, #VamonosAlFestivalCapital… Y mientras, yo, comportándome como el papá de todos estos pendejos, descansando con una taza de té porque fue una semana difícil, sólo porque no pude comprar ni un puto boleto.

Hubiera sido la gran nota para la revista (como muchas otras de otras revistas que dirán lo mismo), pero en vez de eso haré una reseña de la nueva película de Gokú. Ni modo, como me lo había propuesto haré mierda la cinta. Siento la vibración de mi celular que está debajo de la almohada, lo saco y veo que es una llamada de mi jefa. Justo después de contestar, su estridente voz me golpea la sien:

‒ ¿Qué estás haciendo? ¿Sigues acostado? ¿Qué vas a hacer hoy? ¿No vas a salir?

‒ Estamos lejos uno del otro pero, neta, no tienes que alzar la voz. Tómate un intensivo de cómo usar teléfonos. No, no haré nada… O bueno, no sé. ¿Por qué?

‒ Fíjate que conseguí boletos…

Inmediatamente pienso: “!No mames que tú también vas al Capital¡ ¡Dios, aplaca tu ira y tu rencor en contra mía!”

‒… para ver la película del Derbez. Voy a llevar a tu abuela. ¿Nos quieres acompañar?

‒ ¡Ay, híjole! Me acordé que sí tengo algo que hacer hoy.

‒ ¿Qué cosa?

‒ No sé…, pero en cuanto la esté haciendo te mando un mensaje. Diviértanse. Bye.

No estoy tan pinche necesitado. Prefiero, de menos, ver otra vez la de Dragon Ball Z que esa otra mamada. La llamada me arrebató las pocas frases que ya tenía pensado redactar: vuelvo al punto de partida. Mientras veo videos en YouTube, me viene lo que parece ser una grandiosa idea a la cabeza: ¡chingue su madre! ¡Yo haré mi propio Capital desde mi casa!

¿Por qué no? Me baño, me visto fashion, siguiendo los consejos que vi en la página de Facebook, compro unos cartones de chelas, invito a los cuates y tenemos a nuestros propios artistas invitados desde la cercanía de la lap y el internet. Y comienzo entonces a telefonear a la banda. El primero, Omar, que no tiene morra, tiene todo el tiempo del mundo: tres intentos, y en ninguno responde la llamada. El segundo, Juanito, activista de constante lucha con consignas anti-capitalistas, nunca declina una invitación a una convivencia cultural acompañada de cervezas…

‒ ¿¡Qué paso, Juanito!? ¿Cómo estás?

‒ Bien, N***, ¿tú qué tal? Qué bueno que me hablas: ya tengo tu disco de Sigur Rós. Está chido, y si lo acompañas con tantita yerbita mejor. ¡Sin caer en el cliché, eso sí!

‒ Ah, qué bien, gracias. Oye, ¿estás ocupado hoy? ¿Sigues en el plantón de los maestros?

‒ No, wey, hoy no fui con los de la CNTE.

‒ ¿Y eso?

‒ Voy pa’l Capital, wey… Si quieres nos vemos por allá. Vas a ir, ¿no…? ¿Bueno? ¿¡Buenooo…!?

¡Ah…, chinga tu madre, activista de afición! ¿Dónde quedó tu incansable lucha contra al capitalismo? ¡Sin caer en el cliché, eso sí! Estoy encabronado, y termino la llamada sin decir una sola palabra. Ahora resulta que todos muerden la mano que les da de comer con tal de sentirse por un momento en la vanguardia multicultural. ¡Así les cueste comer atún en lata durante un mes porque su pinche quincena la absorbió un poco de glamour! Este fin de semana me siento un hombre ajeno a su generación: soy el Robert Neville de los “Equis, wey: somos chavos”.

Necesito bajarme un poco la envidia…, ¡y el coraje! Pongo música para ir entrando en ambiente: “Fallin’”, de Jake Bugg, un dude que le encanta a Annabel, mi nena, y que a mí no me desagrada del todo. La tercera persona a quien voy a llamar, obviamente, es ella. Está la posibilidad de que ya no venga nadie más, y entonces podremos sacar una cogidita, que ya hace falta.

‒ Hola, amor, ¿cómo estás?

‒ Bien, flaco, ¿y tú?

‒ Pues no tan bien como tú. ¿Qué andas haciendo ahorita?

‒ Salí a almorzar con Marianita: ya vamos de regreso a mi casa. ¿Tú qué haces?

‒ Planeo cómo rescatar mi fin de semana, y creo que tú estás incluida en la misión.

‒ ¿Ah, sí? ¿Por qué yo? ¿Por qué no Marianita, por ejemplo? Ja, ja, ja…

¡Mmmhhh! ¡Sí, Marianita-pucha bonita! Por mí podemos estar los tres, pero no sé que tanto se te antoje a ti eso, y yo, ante todo, respeto gustos… Esa morra y yo nos traemos ganas desde que nos conocimos. El apodo es autoría de un cuate que la vio encuerada en una playa de Oaxaca.

‒ ¿Sigues ahí?‒, me dice.

‒ Sí, sí… Me quedé pensando en algo por un momento.

‒ ¿En qué, malvado?‒, me dice con un tonito inquisidor.

‒ Ja, ja, ja. Pues mira, la onda está así: como ninguno de los dos tenemos mucho varo, y con eso de que todos se largan al Festival… ¡Hasta el pinche Juanito! ¿Tú crees…?

‒ Ah…, este…

‒… pues pensaba en hacer mi propio Capital aquí, en mi casa. Tú, yo, chelas, los artistas que queramos, moda y, por qué no, un poco de motita. ¿Cómo ves? ¿Te late mi desmadre? Pensaba invitar más banda, pero creo que todos están indispuestos. Además, tú y yo nos debemos algo…

‒ Ay, flaco, ¿qué crees? Te voy a quedar mal. Antier mi papá, así todo buena onda él, me roló su tarjeta para que pagara el boleto. Me dijo que después se lo fuera pagando poco a poco con lo de la beca. Siempre sí voy: me acompaña Marianita.

‒ Ah, va… ¿Con su tarjeta, dices?

‒ Sí, ¿tú crees?

‒ Y le vas pagando con tu beca…

‒ Ajá.

‒ Bueno, pues diviértanse. Te dejo: me tengo que meter a bañar. Luego nos vemos.

‒ Perdona. Prometo que el próximo fin estamos juntos ahora sí. Mariana te manda saludos y abrazos.

Bye.

Bye.

Pinche escuincla burguesita y matada…, tú también me abandonas. No hay bronca: esto lo levanto solo. Al rato paso con mi casi-vecino dealer y le compro un tostón de mota, paso al seven por un six, me pongo hasta el huevo mientras escucho música, y chance hasta pongo unas movies.

Es la 1:40 de la tarde: tirado en el sofá, puestísimo, quitándome la resequedad de la boca con cerveza, viendo “Del crepúsculo al amanecer”, regodeándome ahora en el rotundo fracaso de my own Festival Capital. Ya ni ganas me dieron de llamar a alguien más. Mientras mi pensamiento queda suspendido en el vaivén del pitón sobre las caderas de…

… Salma Hayek, suena el timbre de la puerta. Reacciono en diez segundos, que para mí son como diez minutos, me levanto y me dirijo a abrir. Sin preguntar siquiera quién es antes de retirar el seguro, abro la puerta y me encuentro frente a frente con la “pucha bonita”. ¿Se lo habré dicho, o sólo lo pensé…? En fin.

‒ ¿Qué onda, tú? ¿Qué haces aquí?

‒ Annabel me contó tu tonta idea de hacer tu propio Capital. A mí no me pareció tan mala, ¿sabes? Menos esa parte en la que no iba a estar nadie más que tú…, ni siquiera Anna. Vengo acalorada, ¿tienes algo de tomar?

‒ ¿Eh…? Allá hay chelas.‒ Antes de que termina de hablar, ella ya se estaba acomodando en el sofá.

‒ ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no cierras la puerta ya?

‒ Ah, si ya estás sentada. ¿No ibas con Annabel?

Arquea un poco su cuerpo sobre el sofá para poder sacar del bolsillo trasero de sus jeans una cajetilla de cigarros, recobra su postura y arroja el paquete a la mesita que tiene enfrente. Abre una lata y bebe ávidamente. En ese momento comienzo a escuchar en fade in “Heart of glass”, de Blondie. Mariana siente una vibración a un costado de su cadera, mete mano entre los cojines y saca mi celular, que es el que suena con esa peculiar canción. Camino hacia la sala, me detengo entre el sofá y la televisión, ella sólo me lanza el aparatito. Increíblemente, con todo y mi estado logro atraparlo. Miro la pantalla: indica que la llamada es de Annabel. Contesto:

‒ ¿N***? Amor, ¿qué crees?‒, se adelanta a decirme.‒ La pinche Mariana me dejó plantada a última hora. Dijo que tenía una urgencia con su mamá, que está enferma… Obvio yo no le creo a la ojete. Pero, bueno, me dejó su boleto. ¿Cómo ves? ¿Te lanzas?

‒ Oye, pero…

No sé qué decir. Sólo volteo a ver a la tal “ojete”. Mariana se levanta estrepitosamente, y en una zancada llega hasta donde yo estoy quedando ambos casi pegados.

‒ ¡Te hablo, wey! ¡Responde, que se me acaba la batería!

Siento primero su aliento, ya con un ligero aroma a tecate. Luego, su mano frotando mi entrepierna: dos, tres tallones, y comienza a bajarme la bragueta.

‒ Este… ¡Ah, no amor! Gracias, pero ya no me dieron ganas de salir. Vete con cuidado.

‒ ¿Estás seguro?

‒ Sí, seguro. Prometo que el próximo fin sí estaremos juntos.

‒ Bueno, bye.

Termino la llamada, y como si aún siguiera en línea le digo:

‒ Mariana te manda saludos y abrazos.

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