Para mandarlo todo a la chingada un ratito.

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CHECHO BASTARDO, “La diarrea es una enfermedad de transmisión sexual”

Desde hace ya algunos años, ya va para diez, el animé volvió a sus orígenes con el retorno semitriunfal de los cortometrajes. Digo semitriunfal sólo porque el consumo americano se ha mantenido fijo en las series televisivas, los largometrajes y los ovas. Sin embargo, han tenido un rumbo claro y exitoso, con una importante presencia en festivales internacionales, como el de Cannes o Annecy. Además, su ya fuerte consumo local está proyectado para aumentar con la adopción de nuevos medios de reproducción y venta, particularmente los lanzamientos específicos para dispositivos portátiles (como si no hubiera ya mucho dónde gastar el varo que me queda después del impuesto al pan dulce…).Los cortometrajes han representado en el animé varios de los mayores intentos de innovación y son el parteaguas de nuevos talentos, así como un espacio ideal para la experimentación gráfica. En lo personal me parece que la condición de brevedad es muy adecuada a la generalidad estética japonesa, en sentido tanto visual como literario, como con la representación de momentos efímeros en los ukiyo-e o la compleja intertextualidad hiperconcreta de los haiku. De esta forma, los cortometrajes han sido gratamente recibidos de vuelta por el público y acogidos por los animadores. Actualmente están en boga y hay varias series en emisión que son de episodios cortos, quizá de hasta 15 minutos, y de temáticas y géneros variados, desde la comedia hasta el horror, pasando por lo conceptual y experimental.

¿Y qué tiene que ver todo esto con toda la mierda que nos rodea? ¿Con que se mueran los actores que nos caen bien, que el trabajo sea agobiante y seas un godínez (ver enlace), o con el traje de charro del cabrón ese que esquía en Sochi, quesque en representación de México que está de la megaverga? ¡Nada! Y justo por eso, pues de repente me sentí tan rodeado de mierda, que no pude hacer más que escapar a unos cortitos que se empezaron a transmitir en enero –sí, apenas van 7 episodios– y que están basados en un manga iniciado en 2010 de nombre Tonari no Seki-kun (hablando de Scott Pilgrims…). Mi vecino Seki –en español–, de Morishige Takuma, está lo suficientemente cagado como para aplicar el “me-pongo-bien-puesto-y-me-echo”. Fórmula ganadora para mandarlo todo a la chingada.

 

Los protagonistas de la serie son Rumi Yokoi, una morrita que pretende estudiar y que lo explica todo, y su compañerito de la silla de al lado, Toshinari Seki –ah, de ahí lo del vecino, duh–, que pretende jugar o hacer cuanta pendejada menos atender la clase en la que están. Los episodios duran 7 minutos en promedio y corresponden, según el animé, a una clase, en la que Seki hace alguna loquera y la que termina mal es Yokoi, por estar de metiche o clavadísima en los juegos. ¡Y ya!, de eso se trata y está bien cagado. Es humor tonto, simple y rápido de dos niños de secundaria con la imaginación desbordada, haciendo cosas que, por supuesto, sólo pueden hacerse en dibujos, como construir un tablero de go en un pupitre o convertirlo en lugar de juego para tres gatitos. Es desestresante y me hace reír mucho cuando estoy hasta mi mami y sé que tengo que seguir trabajando en algún momento. Oh, y la música es buena, así que espero que continúe lo suficiente como para que saquen un OST. Si tiene algún otro sentido oculto, alguna crítica social de profundidades “marxistoides” o de “estudios de género”, no se lo he querido encontrar porque ¡qué hueva!

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