Escena n° 1

Estándar

CORONEL DAX“Aquí, o follamos todos, o tiramos la puta al río”

Semana a semana, en un ejercicio literario de alto riesgo, el Coronel Dax nos presentará diversas escenas que azucen nuestra mente, tratando de hilvanar una historia que, a la postre, puede no ser lo esperado. ¿Qué les parecería opinar de cada una? ¿Qué les hacen sentir? ¿Las erotizan? ¿Les dan ganas de vomitar? ¡Coméntenlas! ¡No se lo queden callado, pinches egoístas! ¡Aquí, o follamos tod@s, o tiramos la puta al río!

Es la escuela. Pequeña, desastrosa, sucia por las paredes grises donde aún queda pintura y rojizas o negras donde el ladrillo se ve. Entre los escombros de mesas y sillas de madera volcados por el suelo, pupitres de niños viejos. Aún se pueden ver algunos libros de texto marchitados por las estaciones pasadas. Se retuercen lagartijas en una esquina y las telarañas blancas -ahora negras y pesadas por la carga de los años- se antojan leves gasas que el viento agita, viento que entra por una ventana con las contras destartaladas y que en tiempos fue de color verde. La pizarra de la pared, rota en algunas grietas, cruzada por surcos blanquecinos que comienzan en el techo de madera, refleja aún alguna lección de ayer. La luz natural, de mañana fresca de otoño, reluce en la hojarasca que se amontona con los remolinos en los rincones. La visión es reflejada en un espejo ovalado colgado de la pared contraria a la ventana, cuyo marco de madera carcomida recuerda dibujos copiados miles de veces en las flores.

Un brillo deslumbra de repente los ojos del visitante y descubre en el suelo, ante él, un estuche de latón medio oxidado olvidado por algún niño en su huida. Dentro de él, el cadáver de una margarita, dos pinturas de colores -aquellas pinturas de madera que costaba tanto afilar-, un bolígrafo, un lápiz y un crucifijo con un nombre grabado detrás. El visitante va dejando caer uno a uno los objetos, hasta reparar en el crucifijo, cubierto por la flor muerta. Lo sujeta, observándolo con curiosidad, pero sin llegar a sentir nada hacia él. Olvida sujetar el estuche, que va cayendo hasta chocar con el suelo, produciendo un ruido semejante al de una campana. El visitante, inquieto, coloca ante sus ojos pequeños el crucifijo sujetándolo por la cadena de oro de que se acompaña. Un reflejo aparece súbitamente y el visitante se vuelca hacia el suelo, muerto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s