Escena n° 2

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CORONEL DAX “Aquí, o follamos todos, o tiramos la puta al río”

Una nueva entrega de la serie de escenas que el Coronel Dax nos propone. Y gratis! Léanla, reflexionen y, sobre todo, comenten!

Una lagartija corretea por el suelo de la clase. Martín la mira con impaciencia. desearía alcanzarla y cortarle la cola. La profesora explica en la pizarra la forma de un cuadrado, pero los ojos de Martín demuestran una señal inequívoca de aquiescencia. A Martín le gustan las palabras. Martín mira a Luis con ojos arrugados. Ve su bata a cuadros verdes y blancos, sucia de plastilina y de tomate de las albóndigas de la comida. recuerda la batalla de hoy y no duda en lanzar un lapicero a la cabeza de su compañero. “La batalla seguirá fuera”, quiere decir. El sonido del lapicero golpeando el suelo y rodando da la señal de alarma a doña Matilde, que se yergue sobre su largo cuello blanco. El cuello de la profesora reluce con la luz del sol en toda su suavidad. Atrapa la luz entre los pliegues de su camisa y se pierde donde la sombra de la ropa no deja ver más a Martín. Mira a la pizarra buscando refugio y disimulo. Mira al suelo entre sus piernas rechonchas.

– ¡Martín!

Martín ve los ojos de la profesora. se desvía hacia su cuello desnudo y sube hacia la comisura de sus labios, tensos ahora por el enfado. Martín se pregunta por qué a la señorita Matilde no le gusta el ruido y, con expresión de no entender la reprimenda, mira a los ojos de la profesora. Los ojos verdes de la profesora de Martín son muy bonitos. Son grandes y redondos como una rueda de carromato, pero ahora no le miran a él, sino que observan directamente el lapicero que ahora posee una lagartija. El animal se ha enroscado a él, con su verde piel abrazando el amarillo y el negro que pintan la madera del lápiz. Los ojos de la señorita Matilde se asustan ante esa visión desmesurada. La lagartija parece crecer y el lápiz convertirse en un árbol talado y derribado. El miedo se refleja en sus pupilas, que se dilatan hasta dejar el azul para el cielo. Su nariz y su cuello enrojecen y a todo esto atiende Martín hasta que, cerrando los ojos, se levanta y camina tranquilamente hacia la simbiosis. Sus brazos preceden a su cuerpo al agacharse. Recoge el lapicero, sacudiendo la lagartija de él. Sostiene enhiesto el lápiz en su mano, con el codo doblado a la altura de su barriga. Mira el lapicero y sonríe al recuperarlo. Mira hacia la lagartija; ésta, moviendo la cabeza a derecha e izquierda, corretea ahora hacia el fondo de la clase, desapareciendo al alcanzar una grieta en el suelo. Mira a la señorita Matilde.

– Perdone, señorita. Se me ha caído. No volverá a suceder.

La señorita Matilde mira absorta hacia el lugar de la unión y no escucha las palabras del alumno. Antes bien, sus orejas atentas parecen buscar una sintonía que viene de lejos. Sus ojos dan a Martín la impresión de sentir una cierta placidez ahora. Su boca de labios rojos y finos, abierta, enseña unos dientes blancos en una sonrisa serena.

– Señorita…, ¿señorita Matilde?

– ¿Sí…?

– ¿Puedo sentarme?

– Sí, claro.

Los ojos de la señorita contestan sin mirar a Martín, que vuelve a su sitio con el lápiz apuntando al techo y los ojos al suelo. Martín se sienta en su pupitre y observa la espalda de su compañero. Al elevar la vista se cruza con los ojos de la maestra, la misma mirada y la misma sonrisa.

– Podéis marcharos…

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