¡Querida, aluciné a los niños! Lidiando con tus demonios en 4D

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CIGGIE, “Putos todos”

En esta hidra llamada Aretes de Tacón se ha hablado sobre economía, coger con políticos, bellas formas de perder tanto tiempo como dinero, ser hater hacía gran cantidad de personajes y situaciones cotidianas (autores, actores, directores, televisión basura y a todo lo que se mueva), e incluso hay ilustraciones y reseñas musicales para darle un toque de diversidad al asunto, así que ¿qué agregar al menú? Se dice que si escribes, que sea de algo que conozcas, y como lo que sé es ser un hater, quise saltarme eso y traer a su pantalla algo que hoy en día vende y vende bien: los estados alterados de conciencia. ¡Yei!

Sean innatos, inducidos, mero bluff o pura pose, los estados alterados de conciencia actualmente son temas que hechizan a todo público y se encuentran en cualquier corriente, literatura, obras de teatro, televisión, cine y donde quiera que se les ocurra, hasta en la casa del vecino. Están en boca de todos y cabeza de algunos –guiño, guiño–.

Todos, en algún momento hemos dudado sobre “¿Qué es real? ¿Qué no? ¿En qué podemos fiarnos? ¿Lo soñé o en realidad pasó?”, o si algo es demasiado bueno para ser verdad –generalmente en esos casos estamos en lo correcto–. Las situaciones para llegar a estas preguntas son variadas, como el sujeto que sufre una crisis existencial saboreando las delicias del absurdo; ese otro morro que se encuentra en un limbo donde no está seguro si aún duerme o ya despertó; quizás ese ajo que comiste aquella noche duró más de lo esperado; también puede que te hayan detectado epilepsia en el lóbulo temporal o tu esquizofrenia por fin se haya detonado, así casual –¡Sí! ¡Llega a pasar!–. Para ser breve, asumiré que has llegado a esa bonita pero acojonante duda por estos caminos o algún otro.

Dejando de lado líos existenciales, emocionales, pláticas junkie a las 4:30 a.m. (o a cualquier hora, para ser honestos), enfocaré esta duda en términos de la percepción, particularmente a lo que podemos escuchar y ver. Puedes apoyarte en estas breves medidas únicamente para tener mayor seguridad sobre el suelo que pisas cuando no sabes si acaso tú existes.

Confrontación: Si dudas que algo de lo que estás viendo sea real, puedes llevar acabo un consejo que alguien menos frito que yo pero más viejo me dio: “Arrójale una piedra, si responde es real”. Él lo dijo de manera en que busques una reacción en aquello que no se sienta natural para ti y así salir de la duda, pero créeme que literalmente funciona muy bien. No te digo que lapides cada persona, animal o cosa que atraviese tu camino como a una adúltera en tiempos bíblicos sólo para comprobar su existencia (o quizás sí).

Contemplación: muchas otras ocasiones basta tranquilizarte y racionalizar un poco la situación. Piensa claro, toma tu tiempo y así podrás llegar a una conclusión simple, tan simple como: “No, no es normal ver manos en las paredes, y no me la están armando de a pedo ni yo a ellas, chingón”. Es más que suficiente tener esta idea en la cabeza para que no pase nada grave y que todo siga fine & dandy, inclusive para que le encuentres el lado divertido y te entretengas un rato en lo que vuelves a la realidad, despiertas o tus antipsicóticos actúan. Por cierto, algo muy importante que no debes olvidar es: ¡no te acerques a los estrobos!. Corre. ¡Corre te digo! Lo agradecerás algún día.

Confianza: es un punto sensible de tocar y estarás de acuerdo en que, al no poder confiar en tu propio juicio, resultará bastante difícil hacerlo en el de un tercero, confiar en algún objeto (ancla/tótem), pensamiento o circunstancia que te regrese los pies a la tierra. Puede que no sea la mejor manera de pasar por esto, pero lo más adecuado –al menos para mí lo ha sido– es dudar de todo. Sí, parece drástico y un tanto paranoico el tener que cuidar tu trasero de lo que piensas, lo que miras, lo que escuchas y de lo que crees que miras y escuchas. Se lee desgastante y probablemente se encuentren mejores salidas a ello, sea cual sea la manera. ¡No te comas la cabeza! Y algo que he remarcado en las medidas anteriores es “relájate”. Si logras tener a alguien que te tranquilice (o te de una bofetada de realidad de ser necesario), en quien confiar durante circunstancias así, lucky you! Y más suertudo si te lía un cigarrillo.

Nota: Recuerda que éstas son rápidas medidas para comprobar escenarios en los que algunos tornillos se aflojaron o quizás nunca estuvieron en su lugar, todo esto sin arriesgar tu integridad. Cada quien encuentra la manera para lidiar con sus demonios y alucinaciones, pero si ya te están follando de más y lo gracioso no parece llegar desde hace tiempo, siempre puedes ir a clínicas psiquiátricas públicas a pedir atención. Relájate, no van a internarte… a menos que estés muy cabrón/cabrona. Eso sí: ¡aléjate de los estrobos! Es en serio.

¿Lograste callar las voces? ¿Sigues viendo el conejo gigante y tenebroso? ¿Te parecieron absurdas las medidas? ¿Tienes mejores maneras de salir de la duda o regresar a la realidad? ¿Tu medicamento está súper? ¡Comenta y rólalo! Y si escuchas –o crees que escuchas– Televators de The Mars Volta mientras vas caminando en la calle y no voces diciéndote que te mates, ¡así estás bien! Sólo gózalo.

Pero ten en cuenta algo: existe la posibilidad que incluso no sólo tus alucinaciones sean lo falso dentro de la realidad, quizás tú mismo no existas, ni siquiera yo o las personas que conoces y amas. ¿Quién te asegura que no somos más que el sueño comatoso de un morro sin piernas en un hospital nipón?

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